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Cultura Viva

Por Primitivo



La cultura es un bien popular común, del que todos y todas tenemos derecho de expresar y de apropiarnos. Pero esa misma libertad conlleva una serie de responsabilidades y deberes, que terminan adaptándose a sus geografías, tradiciones o disciplinas, para que las mismas puedan subsistir en un entorno neocapitalista donde “los poderes” ejercen autoridad sobre la cultura, que en realidad les pertenece a las personas.


Como pilar fundamental en la cultura tenemos al “trabajo colectivo” y a la “autogestión” que van planteando sus ideas al margen de lo posible, para así perpetuar todas esas costumbres que nos identifican o nos sorprenden en las esquinas, las avenidas, los anfiteatros y los semáforos, con el fin de crear redes de personas acorde a tus ideas, para crear proyectos sociales que generen más posibilidades para otras personas. La autogestión viene siendo la base de toda cultura, el pudor de transformar un conocimiento aprendido en muchas cosas, de repetirlo, de innovarlo y configurarlo a su semejanza, pudiendo así pasar ese conocimiento a sus cercanos, para que esos conocimientos tomen otro color, forma o posibilidad.


En el 2020, al caer la pandemia del Covid-19 el Estado de Costa Rica emitió directrices que hacía constar que: “La cultura es algo que puede esperar en una crisis” por lo tanto desviaron millones en fondos del sector cultura para destinarlos a otros sectores “más vulnerables” según sus visiones, sin tomar en cuenta el soporte laboral y estructural que significa la palabra cultura para tantas familias e individuos(as), y sin preguntar ni consultar en asambleas abiertas sobre esta decisión. Al comienzo de la Pandemia se entienden las intenciones de adaptación a la situación, mas ya pasaron dos años desde ese suceso el cual aún nos encontramos pagando esa mala praxis y el cual sigue afectando a sus gestores y productores.


Miles de artistas dependen de su obra, al punto de quedar en la calle sin una función, miles de artesanos dependen de sus manos, al punto de emigrar por el turismo empresarial, miles de sodas dependen de sus ventas diarias para pagar sus deudas y no son competencia para las grandes cadenas de restaurantes, y así podríamos mencionar muchos ejemplos más… que dependen en su totalidad de la cultura activa, para buscarse una vida digna.




La gran carga social no debe recaer en un espacio tan abandonado como el sector cultura, ya que la sociedad depende 100% de la cultura para funcionar. Sus hoteles, sus restaurantes, discotecas, sus universidades, su entretenimiento dependen de las personas que funcionan en el arte, de sus fieles representantes que lo viven todos los días y le dan este color a nuestro país con sus costumbres autóctonas o sembradas.


El cierre de espacios artísticos ha afectado gravemente al sector cultura, pero lo ha hecho aún más la no reapertura de estos, por lo que la necesidad se sigue multiplicando en quienes todavía no acomodan sus vidas a esta nueva “normalidad”, que de normal no tiene nada, porque someter al artista a privarse del espacio de su obra es como invisibilizar al autor para vender solamente su producto, a través de una pantalla. Y el arte realmente es la vida de las personas que se dedican al ejercicio de la creación, no el producto final que se expone. Son las personas que trabajan y se levantan temprano para desempeñar algún rol social, a las que pocas veces se les recompensa como es debido.


De ahí la importancia a la apertura de espacios, donde se puedan volver a gestar permisos e intervenciones artísticas en todos los lugares posibles, con la normativa del Ministerio de Salud y con la colaboración y facilitación de los productores de eventos, el Ministerio de Cultura y las municipalidades, que también viven y obtienen dinero de este trabajo.


La activación de espacios propone un amigable recuentro entre la cultura y sus consumidores, dando así un salto al desarrollo de un nuevo servicio, limpio y bien propuesto, con el cual miles de personas desempleadas y sin educación, pueden generar un acceso a ser parte de la sociedad.


Además, la cultura también supone un crecimiento personal de los individuos(as) al forjar un criterio más propio sobre su cosmovisión del mundo, y su elección de adaptación a él, jugando un papel importante en la salud mental y el crecimiento profesional de dichas personas a la hora de entrar en un ambiente social útil. Proporcionando, además, una educación alternativa a la académica, en la que se ven beneficiadas personas de todas las edades, con el fin de aprender alguna disciplina para ejercerla como parte de una labor o trabajo.


Es indignante que, en el Siglo XXI, aún nos cueste ver el arte como un trabajo más, que merece todos los derechos y garantías de un trabajo formal, por lo tanto, parte de la lucha de los gestores de cultura y creadores, es prepararse técnica y profesionalmente para ejercer, en un mercado de competencias, donde no compiten los artistas, si no las empresas y sus productos, más la cultura queda intacta, aun siendo violentada.


Ya que la restricción de accesos, la imposibilidad de permisos, la división ideológica causada por los bombardeos de publicidad y la falta de interés de algunos, no pueden frenar la fuerza con la que crean los artistas; sus propuestas, ni podrán apropiarse de nuestras costumbres para privatizarlas y venderlas a sus empresas y empresarios.




La cultura es y serán las personas y sus costumbres, y es algo que ni el gobierno, ni la religión, ni el Ministerio de Cultura, ni las empresas privadas podrán cambiar, ya que una cualidad de la cultura es la humildad, esa misma con la que trabajan todas esas manos creadoras. Que tejen, que cocinan, que construyen, que pintan, que cantan, que tocan, que escriben…


Todas esas manos en este mismo momento dependen del apoyo local y del emprendurismo para lograr poner un plato en sus mesas y un futuro en sus vidas.

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